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Antes del arribo de Donald Trump y su corte de millonarios al gobierno de Estados Unidos, por primera vez en cuatro décadas, la marea migratoria tuvo un notorio descenso que podría comenzar a mostrar una nueva tendencia, según un estudio hecho por el Pew Hispanic Center (PHC), integrado por un notable grupo de científicos sociales de Washington que estudia los movimientos migratorios.

“En concreto, el flujo neto de migrantes entre México y Estados Unidos se ha reducido a cero por primera vez en el lapso antes mencionado. El cambio de tendencia supone el estancamiento de la oleada migratoria más importante en la historia estadounidense”, refiere PHC, contrariando así las expresiones oficiales, con alto contenido xenófobo y racista.




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“Ese equipo no podía perder”
Enviado el Friday, 21 June a las 00:00:00
Tópico: Deportes

* La ilusión se vistió de oro el 21 de junio de 1970.
* Cuando Brasil conquistó la Copa Jules Rimet.
* Crónica de un episodio para la historia.
* Pelé y la verde amarela ganaron el tricampeonato


Luis Alberto García / IK BALAM
Ciudad de México




El 21 de junio de 1970 el equipo de Brasil retuvo para siempre la Copa Jules Rimet, la estatuilla de oro que simbolizó en aquella época la supremacía universal en el futbol; sin embargo, el Campeonato Mundial celebrado ese año en México está vivo, haciéndonos evocar la épica historia que hoy recuperamos para deleitarnos y disfrutarla, rememorando también la alegría de una nación.

De entonces a la fecha, ha corrido mucha agua bajo los puentes, con decepciones en Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982, México 1986, Italia 1990 y Francia 1998, certámenes en los cuales Brasil—con Leao y Rivelino, Dirceu y Nelinho, Cerezo y Falcao, Sócrates y Zico, Muller y Careca- no repitió la hazaña del scratch de ouro de Mario Lobo Zagalo.

La gloria se vistió de oro porque, además, esa camisa verde-amarela tiene su historia, recobrando al paso del tiempo su prestigio legendario con Dunga, Mauro Silva, Bebeto, Branco y Romario, Taffarel, Lucio, Gilberto Silva, Roberto Carlos, Ronaldinho,  Kaká, Rivaldo, Ronaldo y los que llegan para 2014.

Ahora tenemos a los herederos de la mejor tradición que, entre anécdotas dolorosas como la caída ante Francia en 1986 o la eliminación en España en 1982, no pierde su grandeza, no obstante el tropiezo de 1998 y el carrousel de entrenadores –Sebastiao Lazaroni, Wanderley Luxemburgo, Emerson Leao, Carlos Alberto Parreira, Luis Felipe Scolari y Mano Meneses- que ha padecido en futbol brasileño en pocos años.

Esas calamidades las lamentamos como fanáticos flamenguistas, torcedores de un futbol que, desde la tribuna oriental del gigante de Maracaná antes de su costosísima remodelación calculada en 900 millones de dólares –con los amigos Gilberto Barros y Marcelo Brack, cerveza Antártica helada en mano- nos hizo inmensamente felices en años mejores que los actuales en que dinero, derechos de publicidad y comercio de piernas están primero que la patria amada e idolatrada de quienes conocimos el Brasil amoroso y profundo no hace muchos años.


Como ningún otro


Este es nuestro testimonio y reconocimiento a un balompié que no se parece a ningún otro: radiante, único, solamente brasileño, cuna de Pelé, Garrincha, Djalma, Nilton Santos y otras figuras del pasado; Leandro, Junior y Artur Coimbra Antunes  –Zico, alma de Flamengo-; de Bebeto y Romario de Souza Faría, los hérores de 1994 brillando en sus discutidos retornos al Vasco da Gama de la adolescencia; y Cafú, el ferrocarril que, por el lado derecho, cumplió en cuatro torneos y dejó su sitio a Dani Alves, ídolo en el Barcelona de Pep Guardiola y Tito Vilanova-, protagonistas también de momentos luminosos en este homenaje a una Selección convertida en leyenda hace 43 años, al inicio del último tercio del siglo XX.

Aquel 21 de junio lloviznaba ligeramente, y a lo lejos, bajando el puente del costado oriental del Estadio Azteca al sur de la ciudad de México que comenzaba a llenarse, los bombos de la batucada se escuchaban insistentes y estruendosos en manos de personajes carnavalescos envueltos en banderas verdes y amarillas.


Paso de vencedores


Ruidosos, con sus cuicas, tamborines y silbatos, los torcedores de Brasil iban a ofrecer su grito y a dar su apoyo a un equipo portentoso y sólido, que llegaba invicto a la gran final, marchando a paso de vencedores hacia el tricampeonato mundial para enfrentar a Italia.
Era el juego número 32 después de tres semanas de transcurrido un banquete balompédico que permitió a México ser escenario y anfitrión del más brillante Campeonato Mundial que hayamos visto, culminado con un juego  con sabor a vendetta, luego de la derrota de nuestro cuadro nacional en Toluca una semana atrás, cuando, con dos goles de Luigi Riva –uno de ellos con la ayuda de Gustavo “Halcón” Peña-, uno de Gianni Rivera y el último de Pietro Domenghini, la Selección de Raúl Cárdenas pasó a mejor vida.

Aquella mañana húmeda de domingo, con el sol asomándose tímidamente, calentando poco a poco esperábamos se consumara la venganza sobre la squadra azzura de Ferruccio Valcareggi, cuyas primas donnas eran los jugadores mejor pagados del planeta.

En ella estaban nombres millonarios de las grandes figuras del giocco calcio, quienes, cuatro días antes –el miércoles 17 de junio-, habían derrotado a la Alemania de Franz Beckenbahuer, Gerd Müller, Berti Vogts y Uwe Seller en el bien llamado partido del siglo.

Los recuerdos de ese 21 de junio de 1970 no se agotan y en la memoria tenemos los rostros azorados de Steve Minchin y Roger Malone, cronistas de la British Broadcasting Corporation (BBC) e Independent Televisión (ITV) de Londres, con quienes trabajamos en la asistencia de producción, narrando con emoción impropia de los ingleses los prolegómenos de una batalla mortal, acompañados también por Bobby Moore -recordado capitán del cuadro de la rosa- como comentarista, en un palco privilegiado desde el que vimos tamaño prodigio.

Había que contemplar a esos sudamericanos tocadores de balón, artífices, dioses, brujos, macumbeiros y feiticeiros que, representados por Gerson Nunes y Clodaldo Tavares, se hincaron sobre el césped a dar gracias a sus deidades a la caída del tanto que rompió el empate al minuto 18 de la segunda parte.

La multitud rugiente estremeció el estadio capitalino –como había ocurrido en la fase eliminatoria previa en el Mario Filho del barrio carioca de Maracaná, templo mayor de ese país bendecido por Dios desde donde, cuando allá residimos, aprendimos a amar y a contagiarnos de esa fiebre casi mortal-, con sus vítores dedicados a una extraña estirpe de hombres nacidos en Brasil que vive literalmente con las chuteiras puestas, negación viviente de la presunción de que el futbol sólo es deporte.

En esta tierra que aprendimos a querer -que nos envió la muestra más acabada del mejor futbol surgido en la segunda mitad del siglo XX desde Recife en el Norte, hasta Río Grande en el Sur-, el elemento común de la existencia es esa vibrante actividad, incluso más importante que la política y la religión, que se han visto obligadas a coexistir pacíficamente con un deporte venerado por millones de torcedores.

Crisis superada: de Saldanha a Zagalo


Para llegar a aquel mediodía de junio, el equipo verde y oro tuvo que pasar por una grave crisis de la cual salió mal parado Joao Saldanha, reemplazado en la dirección técnica a última hora por Mario Lobo Zagalo, uno de los monarcas de 1958 y 1962 que, en Suecia y Chile, fue el pistón izquierdo de otro equipo maravilloso del que surgió el menino Arantes do Nascimento.

El marcador de la final de 1970 demostró que quienes habían pronosticado un evento parco en goles estaban equivocados, y Pelé, Gerson, Jairzinho y Carlos Alberto Torres se encargaron de desmentirlos, cuando un mes antes, en su patria, se llegó a suponer, como en 1950 y 1966, que si el scratch de ouro caía derrotado, volvería a vivirse otra catástrofe nacional.

Sin embargo no ocurrió así porque los brasileños ganaron en sus seis intervenciones pasando sobre Checoslovaquia (4-1), Inglaterra (1-0), Rumania (3-2), Perú (3-1), Uruguay (3-1) e Italia (4-2), anotando 18 goles y recibiendo sólo seis en cifras con olor a pólvora más que elocuentes.

El acontecimiento del 21 de junio de 1970 significó un carnaval fuera de temporada que hizo olvidar la tragedia del 16 de julio de 1950, cuando gigantes como Barbosa, Augusto, Juvenal y Bauer, Danilo y Bigode, Friaca, Zizinho, Ademir, Jair y Chico, caían ante Uruguay por 2 a 1 en Maracaná, difiriendo el arribo de las grandes victorias hasta 1958 en Suecia, cuando debutó un niño que pronto respondería al sobrenombre de O Rei, el inmenso Pelé a quien conocimos en el Pentagonal capitalino tres años después, en enero de 1961, con el Santos.

El equipo que sería campeón mundial de clubes en 1962 al derrotar al Benfica de Lisboa, cayó por 4 goles a 3 en el Estadio Universitario ante el Necaxa de Jorge Morelos, Pedro Dellacha, Reynaldo Giacominni, Dante Juárez, Agustín Peniche y el Chato Guillermo Ortiz, en un partido histórico que los buenos aficionados, aun cuando contábamos apenas con trece añitos, jamás olvidaremos.

Los triunfos se repitieron en Chile cuatro años después con un equipo mayoritariamente veterano integrado por Gylmar, Djalma, Mauro y Nilton; Zózimo, Zito y Didí; Garrincha, Vavá, Amarildo y Zagalo que, sin embargo, no tuvieron sustitutos en Inglaterra en 1966, donde hubo serio tropezón que costó la cabeza al técnico Vicente Feola, luego de una actuación apenas mediocre, disminuida además por las lesiones y la saña despiadada de los defensas portugueses Simoes, Torres y Coluna.

En el Campeonato Mundial de 1970, los jugadores brasileños superarían sus conflictos y, guiados por el maestro Zagalo desde el banquillo, ofrecerían un concierto indescriptible de armonía, ingenio y vigor físico sin paralelo, algo pocas veces contemplado, primero en Guadalajara y días después cuando llegaron a conquistar la antigua capital septentrional del virreinato de la Nueva España, la ciudad de México que los esperaba con impaciencia.

Juego sin cambios

Alguien habló de elasticidad devastadora, de coreografía, cadencia y garbo y, efectivamente, aquellos pasos de danza condujeron a un triunfo contundente antecedido por actuaciones extraordinarias que, sin efectuar cambios en su alineación original, dieron a Brasil el IX Campeonato Mundial de Futbol obsequiado a un pueblo por Félix, Carlos Alberto, Brito, Piazza y Everaldo, Clodoaldo, Gerson y Rivelino, Jairzinho, Tostao y Pelé.


El primer gol de Brasil se originó en un saque de banda de Tostao, con los italianos descolocados y Roberto Rivelino templando un centro que el mejor futbolista de todos los tiempos alcanzó con la frente, por encima de Burgnich para dejar sin oportunidad a Enrico Albertosi, arquero que veía venir la tormenta sin remedio.

El segundo –el tanto de las plegarias al cielo- fue de Gerson a pase de Jair Ventura: el mariscal de Botafogo, el Divino Calvo (con mayúsculas), tomó la bola de frente, avanzó y preparó su zurda de otra galaxia, con el espacio libre para disparar al arco, sin contemplaciones, terminando con el equilibrio entre ambos contendientes, uno cautivando y otro dispensándose anodinamente.

El tercero: tiro de castigo que Edson Arantes toca con la frente para que Jairzinho entre como huracán sobre la pelota y choque con el portero, arrasándolo materialmente, en momentos en que los cronistas ingleses –con Bobby Moore gozando  tanta excelsitud- y los restantes 115,000 espectadores no dábamos crédito a lo que mirábamos sobre la grama húmeda de Santa Ursula.

En el cuarto gol –rúbrica de un torneo que no queríamos hubiera terminado- Carlos Alberto Torres culminó el trabajo de medio campo de Gerson que cedió la bola a Pelé, quien, sereno, abrió en corto hacia la derecha, con toque maestro, para que el capitán de la selección enviara a las redes un proyectil disparado de primera intención que jamás olvidaremos, cuatro minutos antes de concluir aquel partido y aquel Mundial.

La estrategia de Zagalo había funcionado y sobrevino la apoteosis brasileña con olor a multitud a ritmo de samba, porque la diosa dorada ya era patrimonio exclusivo de un Brasil irresistible para Albertosi, Burgnich, Faccheti, Cera y Rosato; Bertini, Domenghini y Mazzola, De Sisti, Boninsegna y Riva, reforzados en la segunda parte por Salvatore Giuliano y Gianni Rivera, sin que los sudamericanos requirieran relevar a ninguno de sus figurones en los 90 minutos oficiales que duró el juego.

Brasil respondió al gol contrario con tres pasos de batuque y un tiro de gracia a la cara del enemigo, sin precisar de tácticas defensivas ni especulaciones inútiles, ratificando ser algo fuera de serie en el futbol universal con sus cracks que -desde niños, meninos peladeiros- acarician el balón en las playas doradas que besa el Atlántico inmenso y azul, eterno y arrullador.

Así se escribió la historia, para que no olvidemos que en el mundo existe un país que aún apuesta al espectáculo, no obstante la ausencia de astros similares a los que entonces conocimos; pero que, en nombre de ellos, los verde-amarelos de ahora, esperamos sigan honrando a los de ayer.

Recordemos pues a los astros que, el 21 de junio de 1970, hicieron a un pueblo tan feliz porque –para decirlo en palabras de Miguel Antonio García, quien conoció videos de 1970 y los contempló en vivo 16 años después, a pesar de la dolorosa caída ante Francia en la misma fecha pero en 1986, cuando aún era un niño-, ese equipo jamás, jamás podía perder.


 
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