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Pumas campeón: la gloria se vistió de azul y oro
Enviado el Wednesday, 25 May a las 00:24:28
Tópico: Deportes
* El 7, número cabalístico del cuadro de la UNAM.
* La afortunada frase de Manuel Seyde, maestro de periodistas.
* Con marcador global de 3 a 2 global, es monarca del futbol mexicano.
* Javier Cortés y Paco Palencia, héroes del equipo universitario.
* Fiesta sin igual en la capital por las siete estrellas obtenidas.

Luis Alberto García / Carta Mesoamericana
Ciudad de México


“Nada se parece a la victoria”, solía decirnos don Manuel Seyde, maestro de periodistas, el más grande cronista de futbol del siglo pasado, quien sin duda hubiera escrito que el 7 es el número mágico del equipo representativo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuyo héroe del partido final del torneo Clausura 2011, Javier Cortés,  anotó al minuto 77 del juego el gol que significó el campeonato número 7 del equipo azul y oro que, con proyecto, idea, continuidad y trabajo, dio ejemplo de lo que debe ser el balompié mexicano.


Los felinos del Pedregal de San Ángel obtuvieron su primer cetro en 1977 y, súmese a ello que, no por azar, esa fue, tal vez –ello está a debate entre los que saben- la mejor anotación de Javi Cortés desde que debutó en la Primera División en el séptimo mes de 2007.


Ingresó formalmente al futbol profesional en un partido frente al centenario Pachuca -días antes de cumplir 18 años de edad- cuando, como en otros partidos y con una jugada que aprendió de su antecesor Pablo Barrera, tomó el balón por la banda derecha e hizo gala de su picardía, demostrando por qué es la joya más preciadas de Guillermo Vázquez Mejía y Guillermo Vázquez Herrera en las fuerzas básicas del club universitario.


El diminuto y talentoso jugador –hecho en la Ciudad Universitaria con toda la tradición puma como otros niños surgidos de la Cantera que es, en otras palabras, una genuina fábrica de futbolistas-, anotó el tanto definitivo la tarde del 22 de mayo pasado con un pase de Carlos Emilio Orrantia, ante un Morelia sin brújula ni director técnico.


Rijoso y lépero, Tomás Boy vio el juego desde las tribunas -en cumplimiento a un castigo ejemplar impuesto por la Comisión Disciplinaria-, en el partido más importante del torneo que, a partir del próximo semestre, cambia de formato en beneficio de los dueños de los clubes, el duopolio televisivo y los anunciantes, que siempre ganan, aunque la resignada y sumisa afición pierda.


Por la raza hablaron los goles y el espíritu de la UNAM, y el chavo Cortés hizo el segundo de esa jornada con tres trucos que dieron su séptima estrella al cuadro dorado que, desde 1964, con sólo 2 años en Primera División, bajo la mirada sabia del gran entrenador argentino Renato Cesarini, adquirió la mística actual que pronto cumplirá medio siglo.


Como fue pronosticado desde el inicio de un torneo que se prolongó 17 tortuosas semanas –con sólo un par de derrotas: ante el revivido Jaguares de Chiapas y un agonizante América que no ve su suerte no obstante las enormes e inútiles cantidades de dinero que gasta cada año en jugadores malos-, los Pumas se coronaron campeones después de una temporada de ensueño, con Vázquez Herrera debutando como director técnico titular, al tomar la estafeta triunfadora de manos de Ricardo “Tuca” Ferretti.


 Los Pumas lograron consolidarse con un equipo juvenil, reforzado por hombres de experiencia, tres extranjeros, un naturalizado –Darío Verón, Martín Bravo, Dante López y Leandro Augusto Oldoni-, y un estratega que dirigió su primer torneo completo.

Sombrerito, túneles y festejo

Recordando los viejos tiempos, cuando Evanivaldo “Cabinho” Castro, Hugo Sánchez, Enrique López Zarza, el “Tuca” y Francisco “Kikín” Fonseca bañaron de gloria a la primera universidad de la nación, apenas iniciaba el juego de ese domingo tórrido cuando Cortés ya hacía gala del sufrimiento que le atizaría a la defensa del rival Morelia.


El número 15 recibió el pase de Orrantia -confeccionó un sombrerito irreverente y dos túneles que dejaron quietos a los defensores-, e hizo la anotación soñada a los 77 minutos del tiempo corrido, el mismo instante en que, el 7 de julio de 1977, “Cabinho”, a pase de Hugo, acabó con los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara, iniciando así una gran época con don Jorge Marik, seguida después por su alumno, el gran Belibor “Bora” Milutinovic.


En 1977, 1981, 1990, 2004, 2005, 2009 y 2011, con once finales como protagonista y ninguna perdida en el cubil capitalino, los Pumas se adueñaron de las primeras acciones: Juan Francisco Palencia filtró a Dante López y lo dejó solo frente a Federico Vilar, quien no tuvo más opción que derribarlo.


Gatillero y artillero despiadado -descubierto por Enrique Meza en el Cruz Azul en 1993, a quien apodaba “El Niño”-, a los 38 años y en plena madurez y sin pensar en la jubilación, Palencia hizo 5 goles en el curso y fue, nada menos, que el verdugo de los morelianos y el otro héroe en la fase final: hizo uno como visitante y cobró otro mediante penal en la vuelta, acribillando a Vilar para enfilar a los gatazos rugientes a una victoria cantada desde las tribunas que estallaron en júbilo sin igual.


Palencia anotó así el gol 121 de una carrera que inició en la temporada 1994-95 y, en el receso y con el orgullo en contra por el tanto del empate anotado por Jaime Lozano, Vázquez decretó un primer cambio, al alinear al desequilibrante Orrantia, quien se volvió el dolor de cabeza de los defensores purépechas que nunca lo pudieron contener.


Cortés firmó su golazo, decretó el 2-1 y mandó guardar el balón a las redes para recordar a sus rivales que jugaban en territorio puma, hasta que llegó el pitazo final del veleidoso y protagónico Marco Antonio “Chiquidrácula” Rodríguez -antes de que la banca felina corriera al campo a celebrar el título 7 que, en semifinales, dejó tirados al hoy ex soberbio monarca Monterrey y a unas Chivas sobrevaluadas-, mientras, al unísono, 60 mil fanáticos coreaban “Goyas”, entre abrazos y felicitaciones para los que esperaban en el campo la entrega del trofeo por todos tan deseado.


Con ese triunfo y 4 estrellas en su haber, los “Pikolines” Marco y Alejandro Palacios, Efraín Velarde, Verón, Leandro e Israel Castro, igualaron la marca del ex portero Sergio Bernal con la mayor cantidad de trofeos conseguidos con el cuadro que nuevamente hizo historia con un gol que valió el título, después de que Cortés se quitara a tres rivales al mejor estilo del extraordinario Manoel Francisco dos Santos, “Garrincha”, que jugó en las décadas de 1950 y 1960 en un escuadrón de inmortales e irrepetible que se llamó Botafogo de Brasil.


Con quiebres que les doblaron la rabadilla y con la seguridad de que el balón no le sería infiel, Javier le hizo una “vaselina” al “Jimmy” Lozano, un túnel a Aldo Leao, levantó un segundo la mirada, observó que aún faltaba Luis Noriega, y decidió aplicarle la mismita fórmula.


Encontró la portería, el ángulo de disparo estaba a modo y ¡pum!, venga el obús potente, cruzado, que terminó por llegar a la red que se dobló como una moreliana recién hecha, de modo que Javi metió el gol de su vida.


Liquidó a Morelia gracias a la fe ciega que Guillermo Vázquez Herrera ha tenido en él, con cinco anotaciones en la temporada; pero de una manufactura extraordinaria, de gran calidad: dos a Chivas, y uno a Monterrey, a Estudiantes y a Morelia con su gol fantástico y orgásmico de la gran final.


Luego vinieron los Goyas por las calles citadinas, cuando el fiestón de la victoria comenzó en el Estadio Olímpico México 68 y culminó en la columna del Ángel de la Independencia, con gritos estentóreos durante toda la tarde y a lo largo del recorrido del autobús descubierto que llevó a los jugadores hasta el Paseo de la Reforma, donde 40 mil aficionados cantaron, festejaron y los recibieron con trompetas, tambores, llantos y desmayos.


Hasta allá llegaron la Rebel, la Plus, los Pelandrufos y otros animadores estruendosos, entre coros que deliraban con el “Pumas Campeón” una y otra vez, y un turibús que sólo transitó unos minutos por la avenida más bella de la ciudad de México, suficientes para que la raza arisca, la banda redimida por sus ídolos, los reconocieran como los nuevos dioses tutelares del Olimpo deportivo nacional.


Al lado de Goyo, la mascota mayor, Israel Castro agitaba la copa, Leandro Augusto filmaba cada instante, al tiempo que Orrantia y Cortés, los niños-futbolistas de Vázquez Herrera, sonreían y alzaban las manos; pero la fiesta no se detuvo cuando ellos se fueron.


Las cervezas siguieron consumiéndose hasta el agotamiento y pasaron varias horas antes de que terminara el fandango de la afición universitaria que, casi hasta morir, disfrutó ese domingo histórico con la obtención de la séptima corona, pues como lo dijo el maestro Manuel Seyde, lo retomó el rector José Narro y lo escribimos al principio: “Nada se parece a la victoria”


 
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