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¿Quién mató a Juan N. Frías?
Enviado el Sunday, 30 August a las 21:52:29
Tópico: Cultura
* El sonido del bronce, novela histórica de Leticia Frías.
* Rescate de la figura de su bisabuelo, diputado constitucionalista.
* Tuvo participación en la elaboración de la Constitución de 1917.
* Pasión y empeño por conocer las verdades de una etapa convulsa.
* Origen casual de una obra literaria que derivó en investigación.
* El legislador carrancista queretano se opuso a Álvaro Obregón.

Luis Alberto García / Carta Mesoamericana
Ciudad de México


“Fátima -protagonista de El sonido del bronce-, decide rescatar la historia de su familia al descubrir las mentiras que se habían contado sobre su padre, Juan Nepomuceno Frías, mi bisabuelo en la vida real, integrante del Congreso constituyente de 1917”.



¿Cuáles son los hechos reales? ¿Cuántas mentiras hay en torno a éstos sucesos sobre los cuales gira la trama de esta magnífica novela? A éstas y otras preguntas responde Leticia Frías, egresada de la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información de la Universidad Iberoamericana, quien asume con pasión el contar y conocer a profundidad la historia de un país convulso -en la cual se vio involucrada su familia-, en efervescencia antes, durante y después de 1910.

Precisa que éso la llevó a investigar el periodo más crítico de la Revolución mexicana, renovando su interés por transmitir sus sorprendentes hallazgos de casi diez años en archivos y bibliotecas, sumergiéndose involuntariamente en el mundo de las letras mexicanas contemporáneas.

Siguió los pasos de Mariano Azuela, Rafael F. Muñoz, José C. Valadés, Francisco L. Urquizo y Martín Luis Guzmán, por mencionar sólo a algunos de los más grandes novelistas encargados de describir las miserias y los horrores de la gran tragedia nacional de hace un siglo.

Así se inicia esta entrevista: “El sonido del bronce nace a partir de los enormes deseos que tenía de escribir una novela basada en hechos reales; pero debido a ocupaciones cotidianas nunca tuve la tranquilidad ni el tiempo para dedicarme profesionalmente a la literatura”.

Sin embargo, en 2001, Leticia inició la historia de una familia queretana liberal e idealista que busca una nación más justa: “No contaba más que con  mi formación universitaria en el ámbito de la publicidad, dedicada a escribir desde siempre otro tipo de textos, de modo que este es mi primer experimento histórico-literario”.

Decidió empezar la novela –que concluye con el homicidio de su bisabuelo el 8 de agosto de 1921-, narrando el episodio del fallecimiento de la pequeña Mari, hecho real ocurrido a quien resultó ser su tía abuela: “Todo empezó en el Querétaro de principios del siglo pasado; pero al paso de los años, Fátima me contó en cuanta ocasión podía cosas reales como la muerte de su hermanita, a quien también llamaban cariñosamente la Nena”.

Leticia refiere que evocar el pasado lleva a Fátima a esa ciudad, donde su padre, Juan, apoya resueltamente los cambios promovidos por Francisco I. Madero, cuyo gobierno no es bien recibido y, tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta de febrero de 1913, aquél es encarcelado con 84 legisladores maderistas, hasta que, liberado y con la lucha armada encima, se convierte en el hombre de confianza de Venustiano Carranza.

En el tercer párrafo de la página 86 narra el momento en que los militares sacan a los diputados y los suben a varios tranvías en la calle de Donceles, desde donde protestan a gritos: al pasar por atrás del Zócalo, su bisabuelo Juan escuchó el repique de las campanas de las torres de la Catedral metropolitana.

Ahí aparece la frase que da título al libro: “Ese sonido templado del bronce le producía un dolor sordo al evocarle las campanadas del entierro de Mari…igual que el día del arresto de Madero. ¿Sería la señal de su próxima muerte?”.

“Empecé a recrear esos acontecimientos –precisa-, sin pensar que el padre de Mari y de Fátima sería mi bisabuelo, Juan Nepomuceno Frías, diputado constituyente carrancista, a su vez ancestro de Adolfo mi abuelo y de Gustavo, mi padre”.

El origen de esta novela ocurrió casualmente al estar esperando hacer unas fotocopias en una papelería, cuando un hombre que antecedía a Leticia Frías en la fila, le mostró un tomo voluminoso de la Constitución de 1917 con una firma que reconoció de inmediato: “No me diga”, exclamé, y añadí: “Mi bisabuelo fue diputado constituyente”.

“Esa persona me obsequió una copia de aquella hoja, que decía que mi bisabuelo había estado en la cárcel, algo que yo desconocía, porque en todas las ocasiones en que estuve con mi tía abuela jamás me contó que él, su padre, Juan N. Frías, hubiera estado preso, y ese fue el aliciente para comenzar a investigar al sentir que él me decía: ‘Yo estuve en todo esto, porque no me incluyes’.

“Las niñas tenían un padre, y entonces tuve que parar de escribir el texto inicial para ponerme a estudiar la historia de México debido a que desconocía la historia de mi bisabuelo”.

Tras revisar archivos en diversos lugares, Leticia visitó la casa-museo de Venustiano Carranza de la calle de río Lerma, en la colonia Cuauhtémoc de la ciudad de México, donde encontró la biografía de Juan N. Frías escrita por sus hijos, la cual tenía equivocadas las fechas de nacimiento y de muerte.

“Decían que como él no estuvo entre los diputados llamados ‘renovadores’, Victoriano Huerta no lo metió a la cárcel; pero en algún archivo encontré hasta el número de la crujía de la penitenciaría de Lecumberri en la que estuvo preso. Eso estaba establecido y escrito; pero se falseó la realidad, pues para la familia fue un hecho vergonzoso que estuviese en la cárcel. Eso se ocultó, lo mismo que sus actividades políticas posteriores a 1918. Se afirmó que había muerto ese año, cuando no fue sino hasta 1921 en circunstancias que nunca se investigaron, un  año después del asesinato de Carranza en Tlaxcalantongo, Puebla”.

Leticia reitera que lo corroboró a través de investigaciones, haciendo uso de recursos como la memoria y las anécdotas familiares que corrían de boca en boca, incluidas en el libro para reconstruir a esos personajes: “Algunos ni los conocí, aunque a otros sí en mi condición de sobrina pequeña frente a tíos mayores lejanos”.

 
Sin saber que descubriría tardíamente su vocación literaria, Leticia Frías reconoce estar arrepentida de no haber preguntado sobre el pasado familiar cuando era más joven: “Ignoraba todo eso, como en el caso de un hermano de mi padre que aún vivía en Estados Unidos. Le escribía con frecuencia, pidiéndole que me enviara grabaciones con recuerdos; pero luego de haber descubierto hechos sobre el pasado de los antepasados, ya no me contestó. Insistí inútilmente hasta que murió”.

La respuesta era un silencio acordado para no hablar del tema, como pasó también con un primo de don Gustavo Frías, padre de la narradora. Preguntó y le contestación fue: “No sé nada, no me acuerdo de nada”. Con su texto, editado en 2009 por Planeta bajo el sello de Martínez Roca, asegura haber roto el silencio.

Juan Nepomuceno Frías, diputado constituyente por el distrito de Querétaro -junto con Ernesto Perrusquía, legislador distrital por San Juan del Río, y José María Truchuelo por Cadereyta- no fue una figura protagónica; sin embargo, dice su bisnieta, su participación en la elaboración de la Constitución de 1917 fue relevante.

“Debido a la negativa actitud familiar de silenciar la vida de mi bisabuelo, también desapareció de los libros de historia, los cuales fui consultando al ir a las fuentes de las fuentes hasta llegar a los textos de testigos presenciales. Ahí sí es mencionado, aunque conforme pasaron los años, la secuencia de las menciones se diluyó”.

No aparece en hechos en los cuales él participó, como las adiciones al Plan de Guadalupe, a partir de textos de Enrique Krauze: “Se menciona en cambio a Félix Palavicini y Alfonso Cravioto; pero sí está su nombre, con los de Perrusquía y Truchuelo, en una placa colocada en el patio del Palacio de San Lázaro, lo mismo que su fotografía en una gran cuadro junto con todos los diputados constituyentes que aún se conserva en la casa-museo de Carranza”.

La escritora cree que la historia no le hizo justicia a Juan Nepomuceno Frías; pero porque sus hijos no le hicieron justicia: “Quienes tuvieron tiempo de escribir sus memorias –porque él murió prematuramente- fueron lo que hicieron que su nombre no permaneciera en los libros de historia de la Revolución”.

-¿La razón de Estado y la razón histórica pesaron mucho en esos episodios? ¿Fue un olvido premeditado? ¿Era un personaje incómodo?

-Claro, tomando en cuenta que tuvo ciertas dificultades con Carranza, no obstante ser carrancista desde que salió de la cárcel. Fue lo que hoy se llama su operador político en el Senado, acompañándolo en numerosas ocasiones del Palacio Nacional a la Cámara de Diputados. Lo introducía al recinto y lo presentaba con legisladores y magistrados, y aún le correspondió ese papel con Adolfo de la Huerta, enemistándose con Álvaro Obregón.

Leticia Frías dice que Juan Nepomuceno pasó a la oposición e hizo que Obregón decretara olvidar su nombre, y subraya que su error político tal vez fue el ser partidario de un gobierno civil: “Mi bisabuelo pronosticó los hechos cinco años antes de que ocurrieran, pues pensaba que un caudillo militar traería más sangre al país, como ocurrió con la rebelión de Adolfo de la Huerta de fines de 1923 y principios de 1924, cuando apareció una persona que no era de sus simpatías, provocando el asesinato masivo de oficiales valiosos en aquél alzamiento sofocado a sangre y fuego en las más diversas regiones del país”.

Éste tenía que desmilitarizarse, opinaba Juan Nepomuceno Frías, y su pecado –apunta Leticia- fue haber apoyado a un gobierno civil, no precisamente encarnado por Venustiano Carranza, sino oponiéndose a un régimen militar y a Álvaro Obregón.

Éste era el caudillo en armas por antonomasia, y tenía urgencia de que se aprobara la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, con la cual se establecía la Secretaría de Instrucción Pública, y a José Vasconcelos como su inmediato titular, asunto que estaba siendo obstaculizado en el Senado por parte de un grupo de legisladores de los que formaba parte el bisabuelo de Leticia.

Lo mismo ocurría con la Ley de Tribunales, en la cual Juan N. Frías trabajó durante el gobierno de Venustiano Carranza, a pesar de los obstáculos que ponían los obregonistas dentro de la Cámara de Senadores; pero él logró que se aprobaran y se aplicaran, no obstante que Obregón deseaba hacerles cambios sustanciales.

“Este fue el detalle que más trabajo me costó conocer –añade la escritora-, pues nadie sabía –ni investigadores ni abogados ni historiadores reconocidos- la razón que llevó a Juan N. Frías a oponerse a esas legislaciones. Eso lo supe por casualidad, como si él me llevara de la mano para encontrar la verdad histórica”.

No escribió sobre la historia que todos conocían, sino sobre lo que quedó en los primeros textos de la Revolución, incluidos periódicos de la época, debido a que no contenían hazañas que merecieran pasar a la historia oficial.

“La búsqueda fue demasiada -agrega-, y de pronto me encontraba en una biblioteca con cantidades descomunales de libros, sin saber por dónde empezar: escogía uno al azar, lo abría y ahí venía el discurso que deseaba encontrar. La primera sorprendida era yo, y llegué a pensar que alguien me hacía ‘mano negra’ entre incógnitas y pistas que perseguí para saber quién y por qué lo había asesinado. Hubo cientos de opciones que condujeran a su homicidio, pues a fines de la Revolución se mataba por nada”.

Enfática, asegura que la única manera de ponerse de acuerdo era con las armas, y desconocía los motivos que hicieron que Juan N. Frías se opusiera tan tenazmente a que se aprobara La Ley de Tribunales, sin convencerse de que era debido a que él había elaborado la anterior. Creía que había algo en el fondo; pero nadie lo sabía. Ninguno de mis entrevistados conocía el caso y no encontraba orientación alguna en libros y periódicos”.

Explica que existió una campaña  de una corriente de abogados favorable a la Ley de Amparo, y pensó que era algo que nada tenía que ver con la muerte del diputado Frías:

“Encontré la respuesta gracias a un diplomado que tomé en el Instituto de Estudios de la Revolución Mexicana, donde tuve acceso a textos y artículos como la Ley de Tribunales que iba a afectar a la Ley de Amparo. Di con la respuesta; pero me costó cerca de siete años descubrir la razón del asesinato”.

Él intentaba organizar a los senadores para que no hubiese quórum, y cuando lo había y se iba a votar, éste se deshacía a propósito para que no hubiese la votación: “Pasaron los meses, se aprobó la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo y la de Tribunales. Con toda seguridad, Obregón, a través de su secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calles, y éste por medio de su secretario de Gobierno, dieron lugar a una purga política que costó la vida a mi bisabuelo y a varios legisladores más”. 

Ese fue el inicio para que Obregón controlara al Poder Judicial a fin de que dictara las sentencias a sus opositores como a él le conviniera: “El 8 de junio de 1921 murió de manera sospechosa Juan Sánchez, senador con licencia por Oaxaca; el 8 de julio pereció Antonio Zuazo, senador con licencia por Nayarit y, dos días después, falleció Benito Tajonar, senador con licencia por Morelos, ex compañero de Juan N. Frías también preso en Lecumberri”.

El 8 de agosto de 1921, sí, otro día ocho, el bisabuelo de Leticia Frías descendió de su automóvil, con la esperanza de que esa noche fuera decisiva en su futuro.

 
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