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Antes del arribo de Donald Trump y su corte de millonarios al gobierno de Estados Unidos, por primera vez en cuatro décadas, la marea migratoria tuvo un notorio descenso que podría comenzar a mostrar una nueva tendencia, según un estudio hecho por el Pew Hispanic Center (PHC), integrado por un notable grupo de científicos sociales de Washington que estudia los movimientos migratorios.





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Indiferencia ante el paso de migrantes centroamericanos por Guadalajara
Enviado el Monday, 10 August a las 19:21:04
Tópico: Centroamérica y Caribe
* Se les conoce como “trampas” porque trampean el tren.
* Sortean la que consideran “la ruta más segura”
* “Aquí no tenemos que enfrentarnos a los narcotraficantes”.
* Muchos padres se ven orillados a dejar a sus hijos.
* Deben subir y bajar de la bestia aunque esté en movimiento.

Redacción / Carta Mesoamericana
Guadalajara, Jalisco


“Ya vamos a la mitad del camino; aunque ésta es la ruta más larga dicen que es la más segura”, intentan consolarse los migrantes centroamericanos que cruzan en silencio por Guadalajara, la hermosa capital de Jalisco.

Lo de “la ruta más segura” tal vez sea demasiado decir, probablemente es la menos peligrosa si la comparamos con la ruta del centro o del Golfo, ambas controladas por zetas, maras y bandas hondureñas de asaltantes.

Los migrantes que pasan por esta ciudad llamados “trampas” porque trampean el tren, encaraman la mirada por encima de su espalda y afirman seguros que lo peor ya pasó: atrás quedaron los 250 kilómetros de vías férreas que cruzan por tierras inhóspitas de Tabasco y Chiapas.

Ya pasaron Tenosique, Macuspana, Tocotalpa, Teapa y Huimanguillo, Tabasco; dejaron Palenque y Pichucalco, en Chiapas. Quienes cruzaron por el río Suchiate dejaron atrás los seis días de caminata de Ciudad Hidalgo a Arriaga, Chiapas; luego treparon a “la bestia”, el ferrocarril Chiapas-Mayab.

Tuvieron que vencer los asaltos, los secuestros y los abusos sexuales en el tramo que va de Arriaga a Ixtepec, Oaxaca, y de ahí a Aguas Blancas, Veracruz; evadieron la extorsión del universo policiaco en Tultitlán-Lechería, estado de México, y el hostigamiento de las policías municipales y estatales en Huhuetoca, Hidalgo; Ezequiel Montes, Querétaro, y Celaya e Irapuato, Guanajuato. Todo ello antes de bajarse en las “juntas” en Tlaquepaque al sur de Guadalajara.

Son cientos de jóvenes centroamericanos que anualmente llegan a Guadalajara y la cruzan desde las “juntas”, a pie o en camión, hasta pasar los patios y la estación de Ferromex, para apostarse en las vías del ferrocarril tendidas sobre la avenida Inglaterra en su cruce con la calle Quetzal, y las avenidas Mariano Otero y Arcos.

Una vez instalados aquí “sólo tenemos que esperar que salga el tren a Tepic”, dice un hondureño mientras calienta unas tortillas sobre unos trozos de madera encendida a un costado del tendido ferroviario.

Son los exiliados de la pobreza, convertidos en desplazados económicos que miran en México o en Estados Unidos su última carta que pueden jugar por lograr la sobrevivencia.

Migrantes que como Francisco o Luis o Miguel o Leslie no superan los 30 años de edad; renunciaron a sueldos que no rebasan los dos dólares diarios que son insuficientes para terminar la jornada; migrantes que en un amplio porcentaje acaban de formar una “familia”, la que dejaron antes de que naciera.

En sus países quedan mujeres embarazadas, niños sin padres que son miembros de una “familia” sin esperanza. Niños abandonados que parecieran recordar a Jaime Sabines cuando preguntan: “¿quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?”.

Niños de una familia que experimenta la demolición de certezas. Niños para los que nada es como se los prometieron. Niños y madres que no terminan de ver llegar el dinero para pagar una maltrecha vivienda y conformar una “despensa mínima”.

Familias que ante la permanente incertidumbre del día siguiente da la impresión que sólo aguardan que arribe la mortaja para emprender un nuevo viaje a un porvenir que no existe.

Los trampas que pasan por Guadalajara viajan sin coyote porque el costo del trayecto de Centroamérica a Estados Unidos es de cinco mil 500 dólares. “Vamos luchando”. “Vamos solos a lo que Dios nos dé”, dice el hondureño Franklin, quien va a Miami y dejó a su esposa y a dos niñas de diez meses y tres años de edad.

Lleva viajando 16 días “contaditos”. Dos hondureños más, Francisco y Víctor cumplen 20 días en tránsito; el primero piensa llegar hasta Houston, y dejó con la abuela materna cuatro hijos de 14, 17,19 y 21 años.

Víctor de 16 años va para Chicago, y no escatima en pintar su futuro: “quiero ponerme a estudiar para hacer algo por mí”. Todos aseguran que utilizan la ruta de Guadalajara porque “aunque es más larga, es más segura”. Todos se conocieron “ahí sobre la marcha, ya que cada quien salió por su lado”.

Para destrabar el silencio entre preguntas y respuestas, Francisco me cuestiona intrigado: “¿dónde vive el charro mexicano?” refiriéndose a Vicente Fernández. Luego justifica su paso por esta ciudad: “al menos aquí en Guadalajara no tenemos que enfrentarnos a los narcotraficantes que capturan a muchos compas y les quitan todo lo que tienen.

“Sabemos que los obligan a dar los teléfonos de sus familiares en Estados Unidos y de sus amigos en sus países de origen. Con estos teléfonos, llaman a los parientes y los obligan a pagar por la liberación. Si pagan, dejan en libertad a los migrantes”.

La migración centroamericana hacia Estados Unidos no es un fenómeno nuevo, nada más alejado de esto. Históricamente los centroamericanos han construido su migración que se puede dividir en cuatro etapas.

La primera va de 1890 a 1920, cuando al menos 17 mil centroamericanos vivían en California; en este periodo en nuestro país los cafetaleros del Soconusco implantaron el sistema de peonaje por deudas con los indígenas guatemaltecos, llegando a tener, en los años 30, 25 mil indígenas guatemaltecos en las fincas cafetaleras.

El segundo momento se sitúa desde la década de los años 20 hasta los años 60, en este periodo la migración fue de ida y vuelta, los migrantes iban a Estados Unidos a trabajar por temporadas cortas y luego regresaban a sus países de origen; asimismo, en esos años se incrementaron los flujos migratorios a consecuencia del capitalismo agroexportador de Guatemala.

El tercer periodo tiene su motor en los conflictos armados de la región, y arranca en la década 1970 y dura hasta la década siguiente. En ese periodo cruzaron por nuestro país más de 2 millones de centroamericanos con rumbo a Estados Unidos. Hoy en día el 70 % de los guatemaltecos que viven en Los Ángeles migró en los años 80 del siglo pasado.

En esos años la estrategia para cruzar México era tomar un autobús de los llamados “tijuaneros” rumbo a la frontera norte. Al inicio la migración fue fluida, pero con el tiempo la policía, el Ejército, los agentes migratorios, los zetas y los maras establecieron una red de extorsión que dificultó el flujo humano; de la mano de esa realidad aparecieron y se fortalecieron las mafias de coyotes que comenzaron a traficar con la miseria de los centroamericanos.

Finalmente, la cuarta oleada migratoria tuvo como impulso los fenómenos naturales como el huracán Mitch, que en 1998 arrasó una parte importante de Honduras; no obstante el fenómeno meteorológico, el gobierno de Estados Unidos no otorgó visas humanitarias, lo que provocó que miles de hondureños optaran por la vía indocumentada (Jorge Durán, México, país de tránsito, La Jornada, 31 de agosto de 2008).

Vidas en desbandada

El último tramo para llegar a Guadalajara inicia en Irapuato, desde ahí los migrantes suben a “la bestia” para bajarse en los linderos de nuestra ciudad. “Hay que brincar en las juntas y de ahí caminar hasta pasar la estación del tren”.

La mayoría recorre a pie calles y avenidas durante la noche, pocos son los que utilizan algún medio de transporte, “no andamos dinero, y lo que traemos mejor lo usamos para comer”. Los trampas son vidas en desbandada, “canicas” como nombra a las vidas Agustín Yáñez en Al filo del agua.

Joel va a Houston en compañía de su esposa, sin embargo, al llegar a Guadalajara se separaron. Su esposa se extravió por la mañana del día 19 de junio en las “juntas”; a las siete de la noche Joel aún no la encontraba.

A pesar de ello, él se marchó en el tren de las 20:30 horas. Su esposa a las 11 de la noche tocó la puerta de la casa de doña Adela, una mujer que lleva viviendo 40 años al costado de las vías del ferrocarril en el cruce de las avenidas Mariano Otero e Inglaterra.

En la madrugada la mujer de Joel se trepó al tren, “ya no amaneció aquí” dice doña Adela. La pareja hondureña dejó en su país a dos hijas de 2 y 12 años de edad. Llevan viajando un mes y ya tiene en su haber una deportación.

“Sé que si me agarran me embotellan, pero me la voy a jugar por mis hijas”, afirma Joel mientras muestra una carta escrita por la mayor de sus hijas donde le pide a su mamá que “nunca la olvide”.

De las extorsiones Joel está seguro que la policía busca “al más débil para pedirle dinero”, mientras muestra un díptico del Instituto Nacional de Migración (INM), y asegura que solamente la Policía Federal le puede poner las manos encima, “nadie más me puede tocar, eso me dijeron cuando entré a México”.

Lo agudo de la crisis económica de nuestro país empieza a ocasionar que algunos mexicanos comiencen a utilizar el ferrocarril junto a los centroamericanos para llegar al norte.

“Es que no tenemos dinero para el camión”, dice un oaxaqueño avecindado en las faldas del cerro del Cuatro minutos antes de trampear el tren junto a campesinos procedentes de Guerrero, Hidalgo y Veracruz. Incluso uno de los “trepadores” venía de Arcediano, “soy de los que corrió el gobierno con su mentada presa”.

Hace meses en Chiapas los mexicanos aseguraban moverse solamente en los camiones “tijuaneros”, hoy la crisis los ha obligado a subirse a “la bestia” como todos los centroamericanos.

Por las vías de Guadalajara pasa de todo, lo mismo migrantes primerizos que centroamericanos con experiencia “en el cruce y en la vida al otro lado”. Tal es el caso de Anselmo, un migrante nicaragüense que viaja en compañía de su esposa Leslie.

“Yo fui deportado de Wisconsin luego de vivir 18 años allá”. Regresó a su país tras cumplir una condena de dos años de prisión. “Ahora voy de regreso a Estados Unidos, allá dejé mis pertenencias. No quiero vivir en mi país.

“El nivel de vida se nota de un país desarrollado a un país subdesarrollado, uno se acostumbra a la buena vida, allá pesaba 200 libras, hoy mírame, no peso ni 120. Uno regresa porque ya tiene el camino hecho”. Caso contrario es el de su compañera Leslie, quien va por el tercer intento por cruzar.

La primera vez la ruta que siguió fue Orizaba-Matamoros-San Antonio, “en cuanto llegué me detuvieron y me regresaron hasta mi país”. En el segundo intento “llegué a Reynosa y ahí comencé a trabajar de niñera, un día haciendo un mandado de mi patrona me agarraron los policías mexicanos y me deportaron”.

Este es su último intento porque “se cansa uno, si no paso ya le paro”, además el tren “ya me tumbó tres veces, tengo mucho miedo, por eso no me subo si va andando”. Al primer tren que pasa a las siete de la noche lo deja que transcurra, “va muy fuerte y mi mochila pesa mucho”.

“Habrá que esperar el que va a Tijuana y sale a las 20:30 horas, porque el granolero me da miedo”.

Otro que va por su cuarto intento es el hondureño Micdonio Rodríguez. Lleva dos cruces, uno por Reynosa y otro por Piedras Negras. La tercera vez me “regresaron apenas en Pijijiapan, nada más cruzando a Chiapas”. Este es el último intento, aquí le paro porque “a mi edad (49 años) ya no puedo con el tren”.

La espera del tren es lenta, insegura, desesperante, incierta. Son constantes las preguntas a los guardias de Ferromex sobre la hora de la salida. Esperan debajo de las cajas de los camiones “porque el sol está muy cabrón”. Descansan sobre cartones tendidos en la calle o a un costado de las vías.

Comen tacos de tortilla fría con queso o pescuezos de pollo rostizados. Matan el tiempo jugando futbol, pensando en lo que quedó atrás, algunos consumen un cigarro de mota “para aguantar” el camino. Otros pasan a comer con doña Adela, quien no acepta que se droguen, e_SDLqsi lo van hacer, pues lejos de mi casa”, sentencia.

Cerca de ellos se aglutinan unos 15 indigentes que “viven en las vías” consumiendo y vendiendo droga ante la indiferencia de la sociedad y la ausencia de las autoridades.

El pitido y el golpeteo de los vagones es la señal para levantar las pocas pertenencias que portan en mochilas rotas y descosidas. El ruido satura el escenario donde todos corren a treparse al futuro sin saber siquiera si podrán abandonar el presente que no es otra cosa que una muestra ofensiva del patetismo que los migrantes llaman vida.

Una vida que irrumpe inescapable. Incluso, al subirse al “futuro” podrían afirmar como Jaime Sabines: “Yo no lo sé de cierto, lo supongo”. Su futuro en ciernes quizá nunca aparezca.

Los accidentes se presentan con frecuencia, desde lesiones leves hasta una fractura en una pierna o la pérdida de un brazo. Como fue el caso de una mujer que cayó del tren y se fracturó una pierna y se golpeó la cabeza. Los automovilistas cruzan las vías sin mirarlos.

Algunos vecinos, trabajadores de la zona y transeúntes lo que miran son “puros vagos, puros mariguanos, cuáles migrantes”. Migrantes e indigentes parecen mimetizarse ante la indiferencia de los tapatíos. Muchos hablan de ellos, pero pocos los miran. No tienen hora para subirse al tren “salen todo el día”, comentan los trabajadores de los negocios que rodean las vías.

Hasta los guardias de seguridad privada en las vías parecen ignorarlos. La indiferencia se ve también en la prensa y en los telenoticieros locales donde las notas sobre los migrantes en nuestra ciudad se empequeñecen.

Ante esta realidad que sobrevive en la indiferencia y el abandono, aparecen algunos proyectos de apoyo para la atención del migrante. Es el caso de la organización FM4 Paso Libre que promueve la erradicación de la migración obligada y un tránsito libre y digno de las personas en el mundo con base en el respeto de sus derechos humanos.

FM4 Paso libre se encarga de proveerles de alimento, agua y ropa a su paso por la capital tapatía. La organización está constituida como un grupo interdisciplinario de voluntarios que promueven la puesta en marcha de un proyecto de intervención integral con migrantes indocumentados en tránsito por la zona metropolitana de Guadalajara.

Esta labor es apoyada por doña Adela y un grupo de alumnos y egresados de varias universidades de nuestra ciudad. Mientras la migración no se detiene y la urgencia económica de millones de mexicanos aumenta las autoridades del Instituto Nacional de Migración sólo dicen que los problemas que se derivan de este fenómeno superan su capacidad de respuesta y que poco pueden hacer para terminar con la vulnerabilidad en la que migran mexicanos y centroamericanos por nuestro país.

Éste es un caso más donde el Estado se exenta de sus obligaciones y se las endosa a la sociedad civil y a las organizaciones no gubernamentales (ONG).

Luis, un oaxaqueño originario de Pochutla de 21 años va a Cuauhtémoc, Chihuahua, a trabajar en la manzana. “En mi pueblo se fue la chamba”. Lleva dos años migrando ida y vuelta. En Oaxaca trabaja de ayudante de albañil, “no llego a albañil”.

Hace dos años cruzó a Estados Unidos por Nogales, “sí la hice, nomás que me torcieron y de ahí me regresaron”. De Oaxaca a Guadalajara viajó en camión “pero la feria se me acabó” y debo tomar el tren. Voy a trabajar “puro de noche” como velador, y con tono de presunción dice “que le dan radio” y le pagan 200 pesos diarios.

Pero se lamenta y parece no entender la pesada realidad: “ahora las cosas están al revés, en el trabajo pagan barato y la comida está muy cara”. Mientras Luis espera la salida del tren, un hombre le ofrece un trabajo que consiste en sacar escombro de una casa y hacer algo de albañilería.

Pactan que el “contratista” pasará por Luis en media hora luego de regresar del centro de la ciudad. Dice Luis que si consigue el trabajo se queda a dormir en la casa vacía una vez que la haya limpiado y mañana “le jala pa' Chihuahua”; pero en caso de no regresar por él quien le ofreció trabajo “agarro el tren ahorita mismo”.

A veces te prometen pero no regresan, “eso mismo ya me pasó en Tequila, me ofrecieron chamba y nunca regresaron por mí”. “No sé qué voy a hacer mañana, no sé dónde amaneceré”, estas confesiones reflejan la inestabilidad y la vulnerabilidad de Luis.

Solamente trae consigo una pequeña mochila con un poco de ropa. En estos momentos Luis me recuerda al Ojitos, aquel niño de Los olvidados de Luis Buñuel, a quien su padre abandonó en el mercado con la promesa de que regresaría por él, pero jamás lo hizo. El Ojitos terminó buscando su destino con la soledad a cuestas.

A pesar de la magnitud del fenómeno migratorio en nuestro país a través de tres vías: los que se van a Estados Unidos, los mexicanos que se mueven por el interior del país, y los que llegan del centro y sur del continente, para la sociedad y para muchas autoridades resulta un fenómeno silencioso.

Transcurre oculto ante la indiferencia de la población, como sucede con el paso constante de migrantes centroamericanos y mexicanos procedentes del sur que cruzan nuestra ciudad. Arremolinados todos a la orilla de las vías del ferrocarril esperan que llegue su futuro para trampearlo con un salto.

 
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