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Tenochtitlan, mi amor
Enviado el Sunday, 10 August a las 23:50:31
Tópico: Cultura
* Vamos a explorar el misterioso vientre de la urbe azteca
* Una tarde de verano en la Alameda y otros parajes chilangos
* Tomemos posesión de algo que de veras es nuestro

Javier Fernández Aguilar / Carta Mesoamericana
Ciudad de México

Sucede con alguna frecuencia que a todo lo largo y lo ancho de la vasta experiencia de un articulista en edad de cumplir, una mañana como es el caso de hoy, las musas se niegan de pronto a bajar al mundo de los mortales y aún la vieja Olivetti que lo ha acompañado a uno en mil y una batallas se traba.

En mañanas como éstas uno tiene doce años de nuevo. Uno vuelve a soñar y el mundo que le rodea otra vez se antoja en ancho y ajeno. Uno quisiera ser, por una vez en la vida, un Lazarillo de Tormes, un pícaro Guzmán de Alfarache o el Cristóbal Colón que todos llevamos oculto en el rincón más íntimo del alma, para lanzarnos, bajo este disfraz, a la reconquista y descubrimiento de todo aquello que nos rodea.

Empapado de plano en la sugerente lectura de esas maravillosas crónicas que nos legara Bernal Díaz del Castillo, ese soldado viejo y aquejado por el insomnio que al igual que John Milton, ya ciego, prefirió dictar sus recuerdos, motivado tal vez por las imágenes que frecuentemente cinceló Hernán Cortés en sus Cartas de Relación, con otra prosa, si: pero con el mismo asombro y nervio, motivado además por la afirmación de Pablo Neruda, quien decía haber descubierto la verdadera esencia de México en sus mercados, hoy quisiera salir a vagar por las calles de mi amada ciudad para leer en las palmas de sus manos su pasado remoto, el ayer.

Pero vamos primero a explorar el misterioso vientre de la ciudad. Véngase conmigo a vagar y juntos contemplemos esa explosión multicolor tan propia de sus mercados. Por un lado tenemos el topacio de la piña, la cuchillada del clavel, la carcajada roja de la sandia a la hora más calurosa de la jornada, o el remanso del agua de chia; por otro, los mil y un recursos para llenar el vientre. Dígame usted quién no ha pecado de guía ante la fiesta de los acociles, del pato en pipián, o de esas jícaras michoacanas repletas de habas y nopalitos compuestos configurando sabrosamente la bandera verde, blanca y colorada.

Visto así, el comercio de México Tenochtitlán es parte integrante de un espectáculo montado a todo trapo por este pueblo grande y generoso que está acostumbrado a darlo todo casi sin esperar algo a cambio.

¡Vámonos! Venga conmigo a pasear por Madero o por 16 de Septiembre del brazo de la calaca que pintó el pícaro Diego y contemplar desde el suelo la cúpula y la Torre Latinoamericana de Leonardo Zeevaert, para finalmente extasiarnos al ver el colorido de ese portentoso mural que lleva el nombre sugestivo y tan chilango de “Una tarde de verano en la Alameda”.

Conocer a Diego de México, admirar la obra de Rivera diseminada por la ciudad, implica la voluntad inquebrantable de aventurar, de gastar zapatos; pero por encima de todo un genuino anhelo de tomar posesión de algo que de veras es nuestro.

Lo invito a recorrer las calles del viejo Centro. Acompáñeme y caminemos por las banquetas de Honduras, ahí donde toda la mujer humilde pero romántica podrá probarse sin compromiso alguno el tan soñado vestido de novia.

Hay que abrazar con amor a esta hermosa y decadente ciudad, vieja arpía, si, pero también ladrona de besos, para después entregarle todo el amor.

A cambio de eso ella tiene un canasto de frutas multicolres, un trago de agua con sabor a botellón de barro, y el agasajo de mil viandas muy nuestras en la mesa rebosante de un mercado público.

Caminar sin prisa alguna por las calles de Ayuntamiento, asiento de la inolvidable XEW, “La Voz de América Latina desde México” para escuchar las aventuras de Carlos Lacroix y de su inseparable Margot, ahí en la penumbra dominical.

Cuando escuchas la “W” vuelves a ser aquél niño sentado a un lado de su abuela y el tiempo retrocede volando en tanto recuperas en el tiempo las voces de Dante Aguilar o de Carlos Pickering, sin desdeñar para nada el ritmo pegajoso  de un Cha Cha Chá con letras unas veces blancas y otras color de rosa.

La ciudad de México, dueña absoluta de toda mi ternura, es un caballito de barro, es algo así como una sombra fresca en tiempo de calores, como el reventar de un cohete el 15 de septiembre, o el estallido de una sabrosa mentada de madre pronunciada con todas sus letras en el Departamento de Señoras de alguna de las pulquerías que aún nos quedan.

El alma de mi ciudad, de la auténtica Tenochtitlan, no aparece en las guías doctas para turistas asépticos y rubicundos. El alma de México Tenochtitlan está latente en las cazuelas de mole; algo de ella está en las jarcierías, en los modestos expendios de ropa, en los puestos de zapatos, en las naves de La Merced, - ¿y porqué no decirlo? – en un rico danzón bailado cuerpo a cuerpo y a todo mecate con la señora más cotizada del siglo XXI.

Huérfanos, extranjeros fuera de su Ítaca natal, miembros de la primera generación de norteamericanos nacidos en México, los muchachos y muchachas que veo pasar por las calles de nuestra capital van vestidos de negro, uniformados; llevan en la cabeza - ¿ quien sabe porqué? –un paliacate igual al del generalísimo Morelos, andan peinados a la Pánfilo ganso, adornados con perlitas en las orejas, ciegos ante un esplendor y un pasado vibrante que para ellos, desgraciadamente, no viene escrito en inglés.

Para ellos escribo yo…


 
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