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Nalifka, aroma de Rusia 

Es un licor de grosella, cereza, arándano o ciruela con nombre evocador, de alta estima en el Sur de Rusia, como nos refería Dimitri Znamensky, corresponsal de la agencia “Novosti” de noticias, colega moscovita a quien, con nostalgia, contamos que ese preparado tan exquisito lo habíamos probado alguna vez, producido prodigiosamente por el khan Rajak Bekh Kadjieff, personaje de leyenda nacido en el Cáucaso ruso a fines del siglo XIX.




NALIFKA

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Las medallas sólo son de ellos




En unas horas, un muchacho moreno de Uruapan, Michoacán, de rasgos afilados y nariz aquilina, y una jovencita de Guasave, Sinaloa, cambiaron el ánimo de un país: se trata de Guillermo Pérez Sandoval y de María del Rosario Espinosa, ejemplos de seriedad, fortaleza, disciplina, lucha y confianza en sí mismos, sobre quienes ya llegaron los oportunistas para ofrecerles  promesas huecas, para colgarse de sus medallas y de su esfuerzo.


Son los mismos de siempre -Mario Vázquez Raña, Felipe “Tibio” Muñoz, Carlos Hermosillo y sus jefes de más arriba- los que, en México, desprecian el trabajo duro y viven del presupuesto, del erario público, de los dineros de nuestros impuestos.

Como dijo un buen amigo y cónsul mexicano en el último decenio del siglo pasado en Chicago, Illinois, no cabe duda que las medallas de oro y bronce que lograron hasta ahora Guillermo, María del Rosario y las clavadistas Tatiana Ortiz y Paola Espinosa son las preseas más caras del mundo, si lo vemos desde el ángulo económico.

Tan sólo dividamos la cantidad de dólares que ha costado al Estado mexicano transportar a China a 85 atletas con 170 acompañantes, y a numerosos federativos parásitos de pantalón largo para lograr unas pocas medallas “en nombre de todo el pueblo de México”, como vociferaron los cronistas.


Mientras no aceptemos que somos un país de fiesteros estimulados por la televisión -espléndidos organizadores de unos Juegos Olímpicos en 1968 y de dos Campeonatos Mundiales de Futbol en 1970 y 1986-, pero no uno de deportistas que tengan la vocación, el apoyo oficial y la cultura para destinar años de rigor y esfuerzo al logro de un triunfo internacional, no nos quejemos.

Si México tuviera esa vocación debería ganar, como promedio, una tercera parte de las medallas que ganan los deportistas estadounidenses y diez veces más de las que ganan los cubanos, tomando en cuenta el tamaño de las respectivas poblaciones y, en esa ruta, de acuerdo con un estudio de Pricewaterhouse Coopers, México debería haber ganado ocho medallas en Beijing.


De ser ciertas las predicciones de esa empresa, México habría terminado en trigésimo sitio entre los competidores; pero el país quedará por debajo de esa cifra, a pesar de los merecidísimos éxitos deportivos de Guillermo y María del Rosario en taekwondo, y de Tatiana y Paola en clavados sincronizados.

“¿Les dará algo de vergüenza a nuestros actuales gobernantes?”, pregunta Leonardo Ffrench Iduarte, antiguo y distinguido integrante del Servicio Exterior Mexicano; sin embargo, al menos a dos de esos jóvenes –hijos de entidades de pueblos vacíos de hombres en edad productiva, de migrantes que se van al Norte, Michoacán y Sinaloa-, hay que darles las gracias por devolver momentáneamente la fe a México, en la cultura del trabajo, en la vida honesta que da frutos.

Por eso y más, un abrazo grande a los cuatro propietarios de las preseas –únicamente de ellos-, para María del Rosario, Guillermo, Tatiana y Paola, paisanos, compatriotas.









Editorial: Carta Mesoamericana

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Publicado en: 2008-08-21 (5457 Lecturas)

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