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Antes del arribo de Donald Trump y su corte de millonarios al gobierno de Estados Unidos, por primera vez en cuatro décadas, la marea migratoria tuvo un notorio descenso que podría comenzar a mostrar una nueva tendencia, según un estudio hecho por el Pew Hispanic Center (PHC), integrado por un notable grupo de científicos sociales de Washington que estudia los movimientos migratorios.





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Tlatelolco: 2 de octubre no se olvida
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* Demandábamos el cese de la represión y el cumplimiento de un pliego petitorio de seis puntos.
* A las 18.10 cayeron tres bengalas de un helicóptero y sobrevino la balacera que barrió la Plaza de las Tres Culturas.
* El recuerdo de esa fecha todavía estremece y los responsables de la masacre siguen en la impunidad.
* No nos dejan olvidarla porque lo mismo sucede con otras agresiones a la dignidad humana.
* “La memoria sigue tasajeada por los cortes infligidos por los represores de ayer y sus cómplices de hoy”, acusa Sergio Aguayo.

Luis Alberto García / Carta Mesoamericana
Ciudad de México


Quienes en 1968 recién cumplíamos 20 años de edad enfrentábamos a un gobierno que deseaba mantener el orden y que reprimía cualquier actitud juvenil por insignificante que ésta fuera, decíamos al historiador Paco Taibo II y a un grupo de antiguos militantes que sobrevivieron a la muerte, detenidos y conducidos al Campo Militar número 1, la noche del 2 de octubre de 1968.

Estudiantes y profesores principalmente, además de periodistas, hombres, mujeres y niños, amas de casa, comerciantes, empleados y ciudadanos de a pie, se reunieron temprano esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, último bastión del poderío azteca, símbolo de la caída del emperador Cuauhtémoc, el 13 de agosto de 1521.

Todos esperaban el inicio del mítin pacífico que reiteraba el cese de la represión y la exigencia del cumplimiento de un pliego petitorio de seis puntos, aguardando a que comenzara a hablar el primero de los cuatro oradores programados para el acto, diez días antes de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos.

Algunos se encontraban ahí para protestar contra la ocupación de la Ciudad Universitaria por parte del Ejército mexicano el 18 de septiembre anterior, otros –según la periodista italiana Oriana Fallaci, quien cubría los acontecimientos- asistían imantados por esa fuerza que había surgido en el mayo francés que detonó en París semanas atrás.

Eran las 18.10 cuando tres bengalas cayeron de un helicóptero, y la atención sobre esas luces brillantes en el cielo la rompió el sonido de un disparo, luego otro y otros más, con la lluvia de balas proveniente del tercer piso del edificio “Chihuahua” –donde se ubicaba el improvisado presidium de los dirigentes estudiantiles- barriendo con fuego la plaza, para dar comienzo a la noche más larga de que muchos mexicanos tengan memoria.

El 2 de octubre de 2008 -acompañados por Taibo II y nuestra vieja guardia de la Preparatoria 1-, a un costado de la misma plancha de concreto sobre las cuales también corrían los soldados en persecución de los estudiantes para detenerlos, se levanta una estela de cantera con 26 nombres, el primero de ellos, Cuitláhuac Gallegos Bañuelos, de 19 años, muerto como muchos de los asistentes a la manifestación que intentaban buscar refugio en los locales comerciales y en los departamentos del enorme edificio cercano a la calzada de Nonoalco.

Gracias al cobijo que obtuvieron esa noche por parte de los vecinos, cuatro décadas después pueden contar su historia, como José Luis Ayala, quien narra que vio fusiles, pistolas y guantes blancos atacando a tiros y golpeando a los jóvenes de “ideas exóticas”, según el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Al cumplirse 40 años de aquel atardecer, entre ofrendas de copal, venta de recuerdos, camisetas y películas piratas conmemorativas, entre las que destaca “El Grito”, la cinta emblemática que recuerda episodios del aniversario doloroso por las huída forzosa de las almas perdidas, circularon los nombres de inocentes cuyas vidas fueron truncadas en una reunión multitudinaria que sólo exigía lo justo.

Para quienes protagonizamos lo ocurrido entonces, la fecha todavía estremece, porque aún tras la caída del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó el país de 1929 a 2000, no se ha encontrado autor o responsable de esa matanza: ni Luis Echeverría ni nadie más, mucho menos el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial de Díaz Ordaz, fallecido en marzo de 2007, quien incorporó como responsables de los hechos a Estados Unidos y a la Unión Soviética.

 “La impunidad forma parte de la conmemoración”, dice José Antonio Carillo, vecino de la colonia Morelos: “Ése y otros testimonios –añade- están en el Archivo General de la Nación, a los que fueron a dar los expedientes que, bajo la vigilancia de cientos de delatores nutrieron lo que en 1982, bajo el gobierno de Miguel de la Madrid, vendría llamarse Centro de Información y Seguridad Nacional (CISEN).”

Faltaban unos días para que México comenzara a vivir su sueño olímpico, rememora Ayala: “La organización de los Juegos Olímpicos mantenía los ojos del mundo sobre el país; pero entre la juventud se despertaban inquietudes largamente acalladas, y uno de nuestros lemas era: ‘No queremos Olimpiadas, queremos revolución’. Es lo que llegó a oírse entre los asistentes al mitin en Tlatelolco”.

El gobierno de Díaz Ordaz mantenía una política poco tolerante con los jóvenes de "ideas extravagantes", a los que acusaba de delitos tan extrañamente tipificados como “disolución social”.

Era una época en la que escuchábamos a los Beatles, los Doors y los Rolling Stones, a Carlos Santana, Janis Joplin y Jimmy Hendrix, además de las canciones de protesta de Joan Báez, Pete Seeger, Massiel y Patxi Andion, recitadas con alegría y veneración por todos nosotros.

 "Se leía con énfasis a Gabriel García Márquez, José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Revueltas, Julio Cortázar, Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, además de José Revueltas", evoca el escritor Carlos Monsiváis.

"Llegué tarde, cuando ya no se podía entrar a la plaza", recuerda el polígrafo de la colonia Portales, a cuya obra “Días de guardar”, se sumaron los clásicos testimoniales “Los días y los años” de Luis González de Alba y “La noche de Tlatelolco”, de Elena Poniatowska.

Las bengalas que caían del cielo fueron la señal que esperaban los integrantes de la “Operación Galeana” para comenzar a accionar sus armas de fuego: “Había francotiradores sobre los edificios contiguos -otros en la sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores- que comenzaron a abrir fuego sobre la muchedumbre despavorida”, dice Carrillo.

"A estas alturas, no pensaba en otra cosa más que en salvar la vida", señala Raúl Álvarez Garín, dirigente del Instituto Politécnico Nacional (IPN), quien con sus compañeros se vio acorralado por el plomo.

Muchos de los disparos de esa noche, fueron hechos desde el tercer piso del edificio “Chihuahua” por agentes integrantes del Batallón Olimpia que se distinguían entre ellos con un guante blanco en la mano derecha, como quedó documentado en el reportaje gráfico “Tlateloco: las fotos ocultas”, en 25 imágenes de autor anónimo publicado en el número 1310 del semanario “Proceso” del 9 de enero de 2002.

“Esa madrugada llegaron a los hospitales muchos heridos con impactos en la espalda y las piernas. Les habían disparado mientras huían”, anota José Antonio Carrillo, quien pregunta: “¿De qué sirvió la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femosp) que indició a 70 ex funcionarios encabezados por Echeverría, si la impunidad sigue siendo el atributo mayor de nuestro sistema político?”.

"Todo era confusión, un sentimiento de aplastamiento", dice Álvarez Garín, para quien la jornada derivó en una delirante búsqueda para encontrar a los compañeros: “Cerca de 2.500 jóvenes fuimos detenidos esa noche y la mañana siguiente, y cerca de un centenar de los arrestados formábamos parte del Consejo Nacional de Huelga (CGH)”.

Tantos años después, no se sabe con exactitud el número de muertos: "Las cifras se han dado de un modo que no se puede explicar. Había curiosos, simpatizantes y amas de casas; pero ningún líder del movimiento entre los muertos”, indica.

El baile de números no ayuda a cerrar las heridas. Con la prensa amordazada y cómplice, las instancias oficiales entregaron un boletín que cifraba en 26 las muertes ocurridas esa noche. Varios testimonios, sin embargo, señalaron que el Servicio Médico Forense recibió al menos 48 cuerpos. En un informe desclasificado en 1997, la embajada de Estados Unidos señaló que entre 150 y 200 personas perdieron la vida.

Organizaciones como Eureka -encabezada por la senadora Rosario Ibarra de Piedra, que agrupa a familiares de desaparecidos-, han afirmado que el número de muertos asciende a más de 300.

El silencio incómodo que encierra la Plaza de las Tres Culturas –insiste José Antonio Carillo- obedece, en parte, a la impunidad de los crímenes a cuatro décadas de esa noche.

En un escenario solemne, de quietud apenas rota por la charla nostálgica de los antiguos compañeros de entonces y por los niños que corren por el lugar, las ruinas de templos aztecas sobresalen flanqueadas por la iglesia del siglo XVI y el convento de Santiago Tlatelolco.

El edificio “Chihuahua” con sus 13 pisos de viviendas unifamiliares se encarga de cerrar el cuadro, con la efigie grotesca de Díaz Ordaz pintada en la pared de su fachada y un cartel amarillo que reza: “Esta plaza espera justicia”.

En el centro de ella luce la estela de cantera rematada con el pensamiento de la novelista chiapaneca Rosario Castellanos, que recuerda a los inocentes abatidos -empezando por el jovencito Cuitláhuac Gallegos- quienes, como dice Carlos Monsiváis, no hay duda que fueron los derrotados de esa noche, los muertos, los golpeados, los detenidos, los que creyeron en la democracia y en los derechos civiles. Y agrega: "Pero el derrotado mayor ha sido el autoritarismo del PRI".

Gustavo Díaz Ordaz tardó en quebrar el silencio sobre su actuación en aquel entonces, cuando en 1977, como efímero embajador de México en España, defendió sus acciones ante un reportero. "De lo que estoy más orgulloso de mi gobierno es del año 1968, porque me permitió servir y salvar al país", dijo en célebres declaraciones.

"Con algo más que horas de trabajo burocrático, poniendo vida, integridad física, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza, afortunadamente salimos adelante. Y si no fuera por eso usted no tendría la oportunidad, muchachito, de estar aquí preguntando", concluyó.

Como apunta Sergio Aguayo, investigador de El Colegio de México, hay una llaga expuesta, porque en México se reconoce que no hay mucho que hacer con los responsables de la masacre.

La muerte de Gutiérrez Oropeza, de los oficiales que dieron la orden de abrir fuego, y la agonía depresiva en arresto domiciliario de Luis Echeverría, esfuman las posibilidades de sentar a alguna autoridad en el banquillo.

Toda la presión y la impotencia provocadas por los hechos de Tlatelolco alcanzan ahora a Vicente Fox y a Felipe Calderón, los recientes mandatarios al frente del Estado mexicano salidos del Partido Acción Nacional (PAN), sobre quienes recaen las exigencias de las asociaciones civiles y organizaciones de familiares de desaparecidos.

“Calderón maltrata a quienes exigimos exigiendo verdad y justicia sobre las represiones del pasado”, argumenta Aguayo, al recordar que en 2001 el gobierno de Fox creó la FEMOSP con el objetivo de esclarecer la autoría de los asesinatos que, además de gastar 300 millones de pesos, se sumó a uno de los repetidos fracasos de la autodenominada “administración del cambio”.

Aguayo denuncia que el informe final presentado antes de la salida del mandatario ranchero panista fue un fiasco, que no contó con el respaldo gubernamental y fue desacreditado por los autores dependientes del fiscal Ignacio Carrillo Prieto, además de extraviarse o perderse en la Procuraduría General de la República (PGR).

“El 2 de octubre no se olvida –concluye el investigador-, porque no nos dejan olvidarlo y porque lo mismo sucede con otras agresiones a la dignidad humana. La memoria sigue tasajeada por los cortes infligidos por los represores de ayer y sus cómplices de hoy”.

ACTIVIDADES CULTURALES POR EL 68

Memorial 68

Exposición permanente en el Memorial 68 en recuerdo de los hechos, los presos y las víctimas de la represión y la intolerancia, con videos, testimonios grabados, carteles, libros y expresiones multimedia sobre el movimiento estudiantil. Planta baja del edificio principal del Centro Universitario Cultural Tlatelolco. Av. Ricardo Flores Magón 1, esquina con Eje Central.

Batallón memoria

Intervención escénica sobre el movimiento estudiantil y el 2 de octubre de 1968. El hilo conductor es el ejercicio de la memoria como único elemento que puede devolverle a la historia su moral y dignidad, y así combatir el olvido. Se presenta a las 18, horas todos los domingos de octubre. En cada función el cupo es limitado a 20 personas.

Exposición en Tlalpan

Pinturas, esculturas e instalaciones referentes a los sucesos de 1968. Exposición inédita con más de 70 obras, entre pinturas, esculturas e instalaciones en óleos, acrílicos y técnicas mixtas de artistas plásticos como Carmen Giménez Cacho, Martha Hernández, Flor Kirschner, Alberto Pereda y Miguel Ángel Salgado, entre muchos más. Plaza de la Constitución 10, esquina Morelos. Centro de Tlalpan. Y en Casa Frissac, Plaza de la Constitución, esquina con Moneda. Centro de Tlalpan. Abierto hasta las 19.30.

Las memorias de Martha

Laboratorio de Teatro Libertad presenta la temporada con su experiencia teatral.  Homenaje contra el olvido de las voces que aún resuenan en la Plaza de las Tres Culturas. Salón de usos múltiples de la Preparatoria 1 de Iztapalapa. Calzada Ermita Iztapalapa 4163, Col. Lomas Zaragoza. Todos los martes y jueves de octubre, y primera semana de noviembre a las 15.00 horas.

Olimpia 68

Obra de Flavio González. Una semana después de Tlatelolco, Gustavo Díaz Ordaz inauguró los XIX Juegos Olímpicos. Esta puesta en escena explora la frontera entre el deporte y la violencia de octubre de1968. Jueves y viernes a las 20.00 horas, sábados 19.00 horas y domingos 18.00 horas, hasta el 19 de octubre. Salón Juárez del Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Av. Ricardo Flores Magón 1, esquina con Eje Central.









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Publicado en: 2008-10-10 (3928 Lecturas)

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